Corea del Sur La Tierra de los...
Plácidos Amaneceres Destino 1981
South Corea The Land of ...
Morning Calm Destination 1981
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Nuestra ruta coreana
Navidades 1981
Trotamon
Nuestra ruta coreana
Navidades 1981

El dios Hanung había descendido a la Tierra hacía ya casi cinco mil años. Se había posado en la cima del Paekdu-san o Montaña Cubierta de Nieve, por cuya falda corría el río Yalu.

Y allí, el dios Hanung se encontró con un oso al que inmediatamente convirtió en una bella mujer, desposándose, a continuación, con ella. De aquella unión nació, como no y como siempre ocurría en toda leyenda que se preciara de serlo, un hermoso varón, al que le pusieron por nombre Tangún y quién, algunos años más tarde fundó un reino llamado Chosun, la Tierra del Amanecer Plácido.

Llegamos a Seoul
Una tarde extremadamente fría

La actual Corea, aquel mitológico reino de Chosun, había conocido, sin embargo, muy pocos plácidos amaneceres durante su larga y accidentada historia. Los coreanos habían sufrido invasiones y guerras devastadoras durante muchos siglos. La estratégica península de Corea había servido de puente natural entre el norte asiático y el resto del mundo conocido y, en los pocos tiempos de verdadera paz, de enlace entre el gran Imperio del Pavo Real, China, y el Japón; un nexo, a través del cual, había recibido sus poderosas influencias en todos los campos culturales, filosofía, religión y arte. No obstante Corea había sabido mantener su bien definida idiosincrasia. Su superficie, algo inferior a la mitad de la Península Ibérica, es muy montañosa y abrupta particularmente en el norte y en el este. Sin ningún pico demasiado alto, la impresión de masiva grandeza que produce aquel conjunto de elevaciones, le ha valido el sobrenombre de la "Suiza de Asia".

Aldea coreana
Dia festivo

Nuestro ya muy magro presupuesto, tocaba fondo, algo más de un año de ininterrumpido viaje alrededor de este planeta todavía azul, con muchos más gastos que ingresos, fórmula que siempre conduce a la bancarrota económica, había herido de muerte a nuestra economía familiar. Estábamos obligados, pues, a iniciar unos de los que llamábamos "negocios especiales". Un año atrás, cuando preparábamos nuestro periplo americano, nunca hubiéramos pensado que pisaríamos tierras coreanas. Corea no se halla, precisamente, en suelo del llamado Nuevo Continente, pero los avatares del destino, allí nos habían depositado. Corea, una nación partida en dos pedazos: la triste y repetida historia de separar a todo un pueblo con una misma cultura y tradición por los ideales políticos de unos pocos que consiguen llegar a líderes no se sabe exactamente de qué, ayudados por la intervención de unos terceros metidos a "desfacedores de entuertos", por razones ajenas a las que, oficialmente, suelen aducir.

Seúl, capital de la República de Corea del Sur, era el centro de la vida política, financiera y cultural de un país que, desde el final de su guerra civil, en 1953, había experimentado un asombroso proceso de industrialización. Establecida cientos de años antes de que Cristóbal Colón descubriera las Américas, Seúl fue, en alguna ocasión, asiento de emperadores. Hoy era el eje del país entero. Como en todas las grandes capitales era el centro de las oportunidades de ascenso social, de educación y de trabajo, por lo que se había convertido en el destino de una incesante migración interna. Y nuestro objetivo era, en aquel preciso instante... Una cama. ¿Dónde? En el Inn Daiwon.

A la búsquedadel Inn Daiwon

¿Qué era el Inn Daiwon? Un cuchitril. Y lo que en aquel momento teníamos a nuestras espaldas era el Koreana Hotel, cinco estrellas de superlujo asiático. El tintineo de las pocas monedas que bailaban en nuestros bolsillos no alcanzaban ni para sentarnos en las escaleras de tan lujoso establecimiento, y nuestra vestimenta y equipaje no era el más adecuado para que aquellos porteros, que más bien parecían generales, nos abrieran de para en par las acristaladas puertas. La búsqueda del Inn Daiwon se convirtió en una auténtica odisea y, como siempre nos solía ocurrir en aquellos casos, el cuchitril se hallaba antes nuestras mismas narices. De noche, nevando, en vísperas de la Nochebuena y en Corea, todos los cuchitriles son pardos.

A pesar de la evidente asimilación progresiva de que Corea hacía gala a la cultura y costumbres occidentales, prevalecían hábitos y tradiciones de su antigua vida, como por ejemplo, el respeto reverencial hacia sus mayores, la unidad del núcleo familiar, el importante papel que desempeñaba el primer hijo varón y la profunda lealtad entre amigos. Sin embargo, los coreanos actuales no eran precisamente conservadores en el vestir. Podíamos observar como la mayoría de las personas de la ciudad usaban prendas a la moda occidental, pero en el caso de las féminas, la ropa tradicional era muy utilizada, según se acomodara a las circunstancias de cada momento. Entre los hombres las prendas tradicionales sólo eran vestidas por los ancianos. Entre la gente del campo las viejas costumbres se conservaban en una mayor proporción. El traje tradicional masculino consistía en una chaqueta suelta y un pantalón ancho y holgado atado por encima de los tobillos. La tela solía ser de algodón o lino, especialmente para los patriarcas que, al vestirse de blanco, ponían en evidencia que se habían retirado de la vida pública, la cual podría ensuciarles tanto las manos como el vestido. La ropa tradicional de la mujer comprendía una blusa bolero llamada "Chogori", que se sujetaba por delante y tenía las mangas largas, y una falda que les llegaba hasta los pies y se enrollaba al cuerpo, llamada "Chima". Aquel era, básicamente, el vestido coreano femenino, que variaba muy poco de tiempo en tiempo, y podía ser de cáñamo o algodón, adornado con coloridos bordados. Hasta no hacía mucho tiempo, los coreanos vestían de luto riguroso durante tres años a la muerte de sus padres, pero en la actualidad, sólo se acostumbraba a utilizar una borla blanca en la solapa para los hombres y en el pelo para las mujeres, durante algunas semanas nada más.

Descubriendo el nuevo lugar y celebrar la Nochebuena del 1981

También había variado el típico peinado, antaño los hombres recogían su cabello sobre su cabeza a la moda de la antigua China, costumbre que había desaparecido totalmente. En cuanto a las mujeres, muchas conservaban aún la vieja modalidad del pelo recogido y rematado en una suerte de moño en espiral que atravesaban con una aguja de oro o de plata o, para las más pobres, simplemente de madera.

Descubrimos que los coreanos eran extremadamente hospitalarios, menos hieráticos que los japoneses y no tan efusivos como los chinos. Se prestaban a que continuásemos metiendo nuestras occidentales narices en sus orientales quehaceres. En una esquina, un artesano fabricaba papel de arroz, hundía una y otra vez sus manos en un enorme tanque, lleno a rebosar, de agua gelatinosa. Untaba un rodillo con una delgada capa de aquella pasta, que extendía posteriormente sobre una esterilla de esparto colocada a su lado para tal fin. Los efectos del Sol actuaban de inmediato y una fina hoja de papel de arroz se desprendía y podía ser utilizada de inmediato por el escribano, para dibujar su hermosa caligrafía ideográfica.

Utiles ancestrales y...
Nuevas tecnologías

La escritura coreana era denominada caligrafía, era el antigua arte de redactar con un pincel. Un sistema que no había sufrido ningún cambio a pesar de los siglos transcurridos, teniendo raíces comunes con China y con Japón. Su historia se remontaba a la introducción de los caracteres chinos en la península Coreana. Basada en ideogramas, utilizaba alguno de estos del vecino Gigante Asiático y alguno de propia confección. La técnica no era la de la pintura tal y como nosotros la conocemos, sino que se utilizaba un sólo pincel, de pelo de cola de caballo, y cada trazo era irrepetible. Si el artista se equivocaba, no le quedaba otra solución que comenzar de nuevo su obra.

Continuamos deambulando sin rumbo fijo y en el portal de una casa, unas mujeres sentadas, chalaban ruidosamente troceando, sin parar, un montón de coles, de las que en Europa llaman chinas. Depositaban los pedazos en enormes tinajas llenas de agua, sal, aceite, vinagre y especias. Un mes más tarde todo aquello se había convertido en Kimich'i, degustado con fruición por todos los coreanos, tanto como guarnición de sus variados platos como de aperitivo. Nuestra aparición siempre despertaba risas y comentarios, una tacita de té y un platito de kimich'i, éramos occidentales, un hecho del que jamás podíamos escondernos. Ibamos y veníamos, sonriendo sin cesar y, a pesar de que no podíamos intercambiar palabra alguna, la comunicación siempre se establecía. Una pequeña dosis de buena voluntad y mucho sentido común era la fórmula... ¡Y no fallaba nunca!

Visita a Panmumjom La frontera entre las dos Coreas y... el pueblo tradicional

Breve Historia de Corea

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Hecho por © Antoni Ramon Bover (1999)