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SUIZA

M Zibelemärit im Bern uchas son las diferencias entre las gentes que pueblan este Planeta Azul y nosotros, los europeos, no vamos a ser la excepción. Nuestro hogar es una isla que, como se estudia en los libros de texto: Es un pedazo de tierra rodeado de agua por todas partes. Suiza es una isla también, aunque cambiando el elemento de su entorno, el agua por la tierra: Es un pedazo de tierra rodeado de tierra por todas partes. Un hecho que ha marcado ambos carácteres y allá nos dirigimos dedicando estas líneas a todos los mallorquines, menorquines y pitiusos que por una razón u otra, tuvieron que abandonar éste, nuestro archipiélago, en busca de una nueva vida: Los emigrantes.

Si no fuera por Berna, Zurich sería la capital.

¡Hola! ¿Qué tal? Érase una vez un pequeño país alpino. Tan pequeño, tan pequeño, que todo el mundo se conocía y se saludaba. Entonces apareció un pequeño emigrante de allende las montañas el cuál, no habiéndose recuperado de la impresión causada por el impacto de la belleza de los nevados Alpes, quedó totalmente confundido al descubrir que, si quería comportarse con la debida educación en aquel extraño y nuevo país debía hacer lo que sus veinos hacían en todo momento: saludarse entre sí. Y nuestro despistado emigrante no tardó mucho en darse cuenta a medida que se iba integrando en la Pequeña Gran Confederación Helvética, llamada también Suiza, que la costumbre de saludarse, al parecer sin demasiado importancia, le confundía, no sólo a él, sino a cuanta persona extranjera se atreviera a cruzar la frontera del país de las vacas, los agujeros y el chocolate. Un país cuya capacidad para confundir a las gentes sencillas era mucho más relevante en otros muchos y variados aspectos. Nuestro bienintencionado emigrante llegó de inmediato a la conclusión de que saludar a todos los helvéticos que se cruzaran con él, sin distinción de raza, religión o sexo, era el truco más maquiavélico que podía perpetrar una sociedad contra un individuo. En su isla de origen, nuestro desventurado emigrante, protagonista de esta pequeña historia en un pequeño país alpino, se arreglaba con un ... "Buenos días" o, a lo sumo, con un ...¡Hola! ¿Qué tal?. Pero estas fórmulas eran del todo inconcebibles en la confusa Confederación Helvética, donde todo el mundo era cortés, galante, obediente y reverente. Por lo tanto lo primero, que tuvo que aprender en el dialecto suizo-alemán fue que la palabra "Grüezi" era el saludo estereotipado.

Zibelemärit

Pero la vida no era así de simple en mi democracia alpina favorita, ya que sino, uno podría aprender demasiado deprisa y se perdería la alegría y el suspense de la cotidiana existencia. Supongo que todo el mundo, nunca mejor empleada la palabra en Internet, adivina que Grüezi significa ... Hola, Buenos días o ¡Vete al diablo!, dependiendo, en cada caso, de cómo se diga, el tono de voz utilizado o la expresión facial del momento. Pero, y esta es precisamente la cuestión, estaba considerado de muy mal gusto y de inequívoca señal de pésima educación, dirigirse a un suizo o a una suiza con un "Grüezi" sin utilizar seguidamente el sacrosanto apellido del afortunado helvético/a. Cuando nuestro infeliz emigrante entraba en la panadería del barrio se esperaba de él que saludara a Frau Schlaefli, la esposa del dueño del establecimiento con un obligado ...¡Grüezi Frau Schlaefli! Y Frau Schlaefli devolvía el saludo con un cálido ...¡Grüezi Herr Kimenez!. Hasta aquí, ningún problema, todo perfecto, aunque lo cierto era que, después de diez años todavía no recuerdo el apellido de la panadera de mi barrio palmesano.

El hombrecito de la pipa

Nuestro confuso emigrante, al que, por pura casualidad, he bautizado como el Sr. Jiménez, era incapaz de acordarse de todos los apellidos de la Confederación, que mas bien parecían trabalenguas en la mayoría de los casos, así que el "grüezi-ear" se convertía en una penosa humillación. Eso sí, a pesar de su mala memoria, su apellido jamás lo olvidaba, la gente como Frau Schlaefli se lo recordaban constantemente con el repetido... ¡Grüezi Herr Kimenez"!. Entonces empezó a murmurar lo que consideraba el número aproximado de sílabas del particular y complicado apellido suizo. Maravilloso mientras duró pero, por lo visto siempre existían "peros", obviamente no era la solución adecuada, si murmuraba "¡Grüezi Frau Ung-hxp-li!", cuando la persona a quién sedirigía se llamaba Frau Leuenberger, la pobre Frau Leuenberger podía pasarse el resto de su vida terrenal, preguntándose qué había pasado con el resto de su respetable apellido helvético. La necesidad era la gran maestra y nuestro querido protagonista pronto estableció una serie de reglas que más o menos funcionaban y que le daban un cierto grado de protección. La primera de todas: Frecuentar siempre las panaderías y demás tiendas cuando hubiera en el local más de una persona a su cargo. Si, por ejemplo, Frau Schlaefli y Frau Leuenberger trabajaran teóricamente juntas y se encontraran en la misma tienda, la vida de nuestro castigado emigrante se hacía de inmediato más llevadera porque podía saludar con un... "Grüezi mitenand", que más o menos significa... ¡Hola a todos juntos!. Y esta fórmula era aceptada hasta por la más rancia aristocracia alpina. Pero a resultas de su miserable memoria, nuestro héroe se veía obligado a tratar de pasar desapercibido vigilando a través de las ventanas y escondiéndose detrás de las esquinas tal cual sospechoso ladrón, únicamente para ver si ... ¡Loado sea el Creador!, hubiera al menos dos personas en la tienda por visitar, pues incidentalmente la técnica del "Grüezi mitenand" era efectiva si los dos suizos/as fuesen cliente/vendedor o viceversa.

Buenas y plácidas noches suizas

Sin lugar a dudas no era justo lo que le ocurría a nuestro ya integrado emigrante, el cual no trataba sino de aprender a vivir respetablemente en la hospitalaria Suiza. Los mismos helvéticos le llevaban harta ventaja; parecían haber nacido con la increíble habilidad de recordar miles de nombres y apellidos antes de conocerlos y ... ¡jamás se equivocaban!. Con el tiempo el problema de "grüezi-ear" fue desapareciendo a medida que perfeccionaba su técnica. Siempre salía a pasear con su novia, suiza por supuesto, y, por supuesto, conocedora de todas las Frau Schlaefli, Leuenberger y Schuppissers de toda Suiza. Caminaba un paso atrás y procuraba, sin la menor vacilación, repetir lo que su compañera decía. El éxito siempre le sonreía. Y lo que le confundió el primer día, llegó a ser su especialidad personal; si salía solo y encontraba a algún conocido con algún título, un doctor o un director por ejemplo, salía al paso con un... "¡Grüezi Herr Doktor! o ¡Grüezi Herr Direktor!. Y lo más curioso de aquel pequeño país alpino era que las esposas de los doctores y de los directores, a veces incluso de los mismos carniceros, utilizaban también los títulos de sus respectivos maridos. Al principio creyó que la costumbre era de lo más antidemocrática, muy pronto adoró el sistema pues podía exclamar... ¡Grüezi Frau Doktor! la mayor parte de las veces con muchas probabilidades de dar en el clavo. Y si la dama en cuestión no resultaba ser esposa de ningún doctor, se sentía, de todas formas, profundamente halagada al ser considerada como parte integrante de la moderna sociedad helvética. Lo que al final dedujo nuestro inteligente emigrante fue que era mejor utilizar un título que olvidar un nombre. ¡Por supuesto que no había tantos doctores en Suiza! Pero había muchos más de los que razonablemente cabía pensar, en especial si se incluía a los ejecutivos, directores y conductores de tranvía que habían conseguido algún extraño doctorado de una forma u otra.

El famoso cuchillito suizo

Por lo tanto y para finalizar con las tribulaciones de nuestro valiente emigrante, dos conclusiones para conseguir invariablemente el éxito en aquel Pequeño Gran país Alpino.

Primera: Tratar de manipular a la gente para formar grupos antes de saludarles; de esta forma con un "Grüezi mitenand" se queda uno como un señor.

Segunda: Utilizar el Grüezi Frau Doktor y el Grüezi Frau Direktor lo más a menudo posible, incluyendo cuando haya que saludar a los más jóvenes; éstos, de seguro que gustarán del trato porque les demostrará que no se teme a lo establecido. O, simplemente, pensarán que se está uno volviendo loco lo cual, más o menos, viene a significar lo mismo.

Hasta pronto !!!!!

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