Huaoranis, llamados Aucas por los forasteros.

–¡Beatriz! ¡Llevamos casi un año recorriendo de Sur a Norte este continente de Sudamérica y, todavía, no podemos decir que hayamos visto su pulmón! –exclamé harto de retrasos o excusas- –Hemos visto su cabeza, su corazón y todas sus entrañas! ¡pero no por dónde alienta! ¡Y, que además, es el sistema respiratorio de todo el planeta! ¡Mañana cruzamos los Andes y bajamos a la selva más grande, al Amazonas!-

A otillas del río Napo

Cualquier país sudamericano tenía acceso a tan gran jungla... ¿Cualquier? Bien, lo sentimos... Chile y Uruguay no, ¡pero tenían otras particularidades igual de bellas!. De Paraguay no se podía pensar que fuera una nación amazónica pero, con un poco de imaginación, contábamos con parte del Matto Grosso. Así que había dónde elegir y cualquier lugar podía ser tan bueno como Misahualli, a orillas del río Napo, uno de los primeros afluentes del Gran Amazonas y que daba nombre a una provincia del Este de un país que no era necesario situar en el planeta: Ecuador.

Planeamos seguir la ruta "Orellana", ya que el explorador Francisco de Orellana (1511-1546)se adentró en el Amazonas, a través del río Coca, para descubrir al gran río, consiguiendo llegar al Océano Atlántico en 1542. En aquella famosa expedición participaron tres mil hombres y sólo consiguieron finalizarla unos mil. Las enfermedades, la desconocida selva, sus pesadas armaduras y el pueblo de los huaoranis "aligeraron" las dos terceras partes de los expedicionarios.

Nuestro viaje había tocado a su fin y no cabían más pretextos, de modo que antes de embarcar a "Heyerdhal" , nuestro vehículo-hogar desde hacía un año, con rumbo a Barcelona desde Guayaquil, tuvimos que cumplir la promesa que nos habíamos hecho a nosotros mismos y dirigirnos a Oriente. La ruta de ripio se hallaba en muy buen estado, si exceptuamos un par de derrumbes propios de la época. A media mañana de un 18 de octubre se acabó la ruta y media docena de chozas sobre un pedregoso meandro del río Napo nos dieron una bienvenida fría, glacial diríamos, nadie nos hizo el menor caso.

Una noche de acampada

Fácil fue descubrir cuál eran las cuatro estacas cubiertas de hojas que servían de tasca, bar, salón de juegos o punto de encuentro. Lo regentaba Héctor Fiolla, mestizo de huaorani, que, igualmente, jugaba el papel de cacique local.

Si necesitaríamos un guía y unas piraguas, Héctor Fiolla nos las proporcionaría y tambián se haría responsable de, no sólo de nuestra seguridad personal, sino también de la del vehículo que quedaría depositado allí mismo, bajo su estrecha vigilancia. Nos garantizaba un viaje al interior y un contacto amistoso con la tribu huaorani del Curaray, la más inaccesible en aquellos días. Nos presentó a Galo, un joven y aparentemente experimentado guía y nos "caímos" bien desde el principio, tal vez ya se reflejara en nuestro rostro el que nos encontrábamos, un poco, "a la vuelta de todo" después de once meses de viaje ininterrumpido.

La expedición iba a ser segura, aunque dura en extremo, al tiempo que podría enseñarnos métodos de supervivencia en un medio al que considerábamos hostil en extremo. Descubriría ante nuestros atónitos ojos cómo obtener fácilmente los frutos del Amazonas que nos proporcionarían unos suculentos ágapes.

Aceptamos y preparamos el automóvil para un descanso de una semana, día más o menos. A la mañana siguiente, justo antes que se levantara la niebla sobre el río Napo, tomamos una canoa para descender, casi toda la jornada, corriente abajo. Inmediatamente nos llamó la atención el poco equipaje y la escasez de vituallas. Nos acompañaba un huaorani de pura sangre, que se había unido a nosotros, aprovechando que nuestro destino era precisamente su poblado. Y, como siempre ocurre en los primeros contactos con nuevas gentes, sin importar su raza, edad, sexo o religión, las primeras horas fueron de absoluto silencio. La primera sorpresa fue encontrarse, tras un recodo de la corriente, un gran número de "cagangueiros" lavando kilos y kilos de arena. Nos saludaron y nos invitaron a desembarcar. Galo adujo que no teníamos tiempo que perder pues aquella noche debíamos acampar en un lugar determinado de la selva. Y allí se acabaron las explicaciones, ahora que no dejamos de notar que todos aquellos buscadores de oro iban fuertemente armados.

Una provechosa pesca con dinamita

Por el camino moscas, mosquitos y toda suerte de insectos deseaban también nuestra estrecha amistad y, sobretodo, compartir una buena comida. Por ello, lo mejor era permanecer siempre en el centro de la corriente. Tras varias horas de navegación fluvial sin descanso, Galo decidió desembarcar en un punto que, para nuestros inexpertos ojos, no se diferenciaba en absoluto de ningún otro de la muralla verde que nos había acompañado desde el pasado encuentro con la "civilización". Repartimos, entre los cuatro, los escasos alimentos, unos kilos de arroz y cereales y muchas, muchas pastillas potabilizadoras, e iniciamos la larga marcha después de camuflar la embarcación. Y bien... ahora sólo quedaba experimentar todo lo que tantas veces habíamos visto en las películas. Ya contábamos con mucha experiencia y muchas largas marchas a miles de metros sobre el nivel del mar. Aquello se trataba de un paseo dominguero de dos días con mucha agua y muchas ganas. Galo se quedaría sorprendido de lo buenos que éramos... ¡estábamos seguro de ello!.

El primer día fue extenuante, lo peor era que no podíamos parar ni un momento, subir y bajar colinas entre barro y follaje putrefacto. Si nos deteníamos, al instante Galo y el auca desaparecían entre la maleza y, a pesar de hallarse tan sólo a unos metros, ni los veíamos ni los oíamos. ¡Sorprendente jungla aquella! El agua de la cantimplora se agotaba enseguida dada la fuerte y constante transpiración. Las pastillas potabilizadores se hicieron rápidamente inservibles ya que debíamos esperar una hora para que hicieran su efecto...¡una hora! ¡aquel era un lujo impensable! Afortunadamente los arroyuelos eran abundantísimos y la provisión de agua potable asidua, de todas formas no había garantías. ¡No podíamos esperar garantías en el Amazonas! La trocha selvática que seguíamos, si a aquello se le podía llamar trocha, la iban marcando Galo y el huaorani, en un recodo, a eso del mediodía, se sentaron sobre un tronco caído y el guía dijo:

–Descansad un momento mientras buscamos la cena –con media sonrisa en sus labios, continuó- ¡Cuando marcháis metéis demasiado ruido! ¡se os oye desde Quito! –Quien no paraba de reirse era el indígena huaorani que viajaba con nosotros, era el único que parecía divertirse, aparecía y desaparecía de entre el follaje como si formara parte natural del sistema.

Dando las gracias a nuestro guía huaorani

Apagada por centésima vez nuestra sed, percibimos un extraño silencio a nuestro alrededor...¿Se habían ido los insectos? En realidad estos también debían de estar agotados por el calor del día y su mayor movimiento se desarrollaba siempre al crepúsculo o en plena oscuridad. De todas formas escuchamos un murmullo detrás nuestro y enseguida una fuerte explosión. De modo que, además de las provisiones que habíamos visto también formaban parte del equipaje de Galo algunos cartuchos de dinamita. Aquella noche cenamos de pescado fresco del Amazonas con guarnición de arroz y yuca silvestre, sin necesidad de paciencia, de cañas, ni anzuelos, ni redes, ni otros artilugios propios para estas artes. Los que nos habían aconsejado que adquiriéramos, antes de salir de Misahualli, eran para regalar a nuestros anfitriones del Curaray, así como los caramelos para los niños. La pesca fue abundantísima condimentada al más puro estilo auca. El nativo no hablaba ni una palabra en castellano, cada vez que le hacíamos una pregunta o algún comentario se echaba a reir. No dejaría de hacerlo durante toda nuestra estancia en sus tierras. Al final llegamos a la conclusión de que se trataba de una persona totalmente feliz y, ¡se lo estaba pasando en grande!.

La cabaña que nos servía de alojamiento

Teníamos que caminar sobre troncos caídos para evitar ser engullidos por el fango, un resbalón y nos veíamos con barro hasta el muslo, por suerte no se trataba de arenas movedizas y el calzado, zapatillas deportivas resultó ser el más adecuado. Imitando, de vez en cuando, a Tarzán con una de las muy abundantes lianas, resultando ser mucho más larga de lo previsto en un principio y, desde aquel momento adquiririmos un color marrán por todo el cuerpo... Y el huaorani se desternillaba de risa. Estábamos consiguiendo causar una especial impresión a los pobladores de aquella remota selva. No nos cabía ninguna duda que cuando nuestro acompañante relatara a sus paisanos todo lo que había visto hacer a los "invitados" , sería la fiesta popular... ¿Cómo se podía ser tan torpe? ¡A nosotros no nos hacía la menor gracia! La jungla no era ninguna broma.

El baño

Estábamos ya al mismo borde de la extenuación, Galo y en especial, el huaorani, como si acabáramos de salir de viaje, éste último iba descalzo y desnudo, sólo una "shira" , bolsa tejida de cuerdecillas de pita, el mismo material con el que tejen los chinchorros o hamacas para dormir, con sus adquisiciones en el pueblo y un machete para abrir camino. ¡De pronto! Siguiendo una indicación del guía, apresuró la marcha y desapareció.

–Se adelanta para ir preparando el campamento- Nos informó Galo en una de las contadísimas ocasiones en que abrió la boca para hablar en castellano.

–Recorrerá en diez minutos lo que nosotros marcharemos en una hora, el fin de la jornada está ya cerca- Aquellas palabras sonaron como música y dieron alas a nuestros piés. Pero Galo no se equivocó, tardamos una hora más en llegar a un claro cruzado por un arroyo de cristalinas aguas y que apareció como por ensalmo. En el centro, una cabaña, un palafito que consistía en cuatro estacas y un techo de hojas de palma sin ninguna pared. El indígena tenía casi la cena de pescado cocida. No recordamos haber degustado un menú tan suculento. El cansancio, el hambre y el estado de relajación propio de sentirse seguros hicieron que, por primera vez, disfrutáramos de nuestro espléndido entorno y nos permitiéramos un baño en el arroyo, no sin antes inquirir a Galo si por allí había pirañas.

Desde nuestra choza

–Me temo que habéis visto muchas películas yankis- Se rió –¡Ojalá hubiera pirañas! Son los peces más sabrosos, nada tienen que ver con los que hemos cocinado la cena-

–¿Qué les pasaba a los que hemos comido?- Preguntamos curiosos.

–¿No lo habeis notado? ¡Tenían sabor a barro! –continuó Galo- ¡Y eran de los mejores!.

–¡Pues nosotros no hemos advertido ningún sabor extraño! –protestamos.

–¡Vosotros llevabais barro hasta el culo y vuestras papilas gustativas no distinguen ya nada! –se mofó, y cuando le tradujo al huaorani nuestra conversación, se partía de risa. Por lo menos hay alguien que se lo pasaba bien.

–La única medida de seguridad para bañarse era no hacerlo desnudo –advirtió- Los únicos peces son el arapaíma o piracurú que llegan a pesar hasta 135 kilos y medir tres metros de longitud y como peligroso de verdad el cabirú de no más de 25 centímetros y unos milímetros de anchura, se introducía en cualquier orificio, el del pene, por ejemplo y se dedicaba a chupar sangre. Esto había llevado a muchos "cagangueiros" a tener que amputarse el miembro viril por no poder resistir el dolor que les causaba aquel pez parásito alojado en él. Una vez dentro no existía forma de extraerlo, si no era mediante una dolorosísima y difícil operación quirúrgica, pues se aferraba a la carne con sus alargadas espinas. Los dolores eran insoportables, así andad con buen ojo- concluyó.

La noche se cerró con la rapidez característica de los trópicos. Unas esterillas como colchón sobre los mismos troncos que servían de suelo y a dormir. Y se desencadenó la tormenta. Los cielos abrieron sus compuertas... Pero ¿era posible que pudiera caer tanta agua?.

–Va a llover toda la noche –explicó Galo desde su rincón –Espero que mañana lleguemos bien, sólo nos queda un río que cruzar y no suele ser muy profundo.-

Nuestro refugio parecía seguro y pronto se llenó de cocuyos , luciérnagas de unos cinco centímetros que desprendían una intermitente luz verde fosforescente tan viva que nos permitía vernos en la negra oscuridad, otras más menudas tenían las luces anaranjadas...¡Menudo espectáculo de luz!, el sonido lo ponían los truenos y el trepidar del agua cayendo.

Mascotas de los Huaoranis

Durante toda la jornada siguiente el agua fue la protagonista. No cesaba de llover y la selva se hacía más peligrosa. La razón de esta peligrosidad radicaba en el ruido que producíamos, el dia anterior ya nos lo habían comentado Galo, hoy con tanta lluvia, nuestras pisadas quedaban amortizadas y los sensibles oidos de los habitantes del Amazonas no percibían nuestra proximidad, el riesgo de topar con alguna serpiente era más alto. Lo cierto era que, hasta aquel momento, no habíamos visto más que los cocuyos y algunas mariposas. Las arañas, los escorpiones gigantes, los jaguares y toda la fauna amazónica parecía estar de vacaciones.

Al barro le sucedía lo mismo que al frío o al calor, cuando se alcanzaban ciertos niveles, tanto daba mucho que poco. Era siempre fascinante descubrir hasta qué punto se podían soportar dolores, sufrimientos e incomodidades. Cuando creíamos haber llegado al límite, todavía podíamos aguantar un poco más. Nos sentamos sobre un tronco caído para descansar un instante.

–¡Levantaos enseguida de ahí! –gritó Galo cuando nos vió- ¡Este árbol tiene que estar lleno de saubas!-

–¿Saubas? ¿Qué son saubas? –exclamamos pegando un salto.

–¡Hormigas de fuego! ¡Y muerden además de picar! ¡son muy dolorosas! –replicó el joven guía urgando en el tronco hasta que dió con una. Un magnífico ejemplar rojizo con unas mandíbulas feroces se rebeló contra sus dedos atacándolos.

–Una sóla no hace nada, pero como te ataquen, ya puedes buscar el río más cercano- contaba Galo enseñándonos el ejemplar –Cuando entran en un campo de cultivo de los huaoranis no dejan ninguna planta sana.

–¡Ah! ¡Estas son las conocidas hormigas agricultoras que se alimentan de un hongo que ellas mismas cultivan en el hormiguero! –replicamos con cara de expertos- Las hemos visto en numerosos documentales sobre la selva.

–¡Sí! ¡pero en las películas no muerden! –aclaró el ecuatoriano.

Vadeamos el último río y al ascender el bancal penetramos en una plantación de bananeros. Habíamos alcanzado, por fin, nuestra meta.

–¡Una advertencia! –voceó Galo- ¡No te asustes si los huaoranis te tocan la cara, a los jóvenes les va a llamar mucho la atención tu barba!.-

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–¡Oye que estamos a finales del siglo XX! –respondí extrañado.

¿Y qué? ¿Acaso no te llaman a tí la atención a pesar de haber visto docenas de películas? –adujo el guía- ¡Esto es la realidad! ¡Y aquí no llegan frecuentemente las visitas!.

Según estimaciones, los pobladores de la selva amazónica sumaban, en tiempos de la colonización, unos cuatro millones, hoy quedaban, en base a las últimas estadísticas, alrededor de cien mil, atemorizados por las plagas pero, principalmente, por el acoso del hombre blanco que se adentraba cada vez más en la selva, interesado por las maderas y metales preciosos y los recursos naturales y, en aquella región en particular, por el oro negro: el petróleo. Alberto Vázquez-Figueroa nos definía a los huaoranis, que él llamó aucas, como: "Los indios más salvajes de la Amazonia. El auca sólo respetaba al auca y había declarado la guerra a muerte a todo el que no lo fuera, sin que importara su color, nacionalidad, tribu o dedicación". Bien, no había el porqué preocuparse, habíamos llegado hasta allí y nuestro acompañante huaorani se había divertido más que en un niño en el circo. Galo se encargaría de hacer las presentaciones en su lengua que parecía conocer tan bien. Y así fuímos introducidos a Malama, la jefa de los huaoranis del Curaray.

Malama tenía una historia que contar, una historia que aquella primera noche, al amor de la lumbre de los tres troncos que servían como cocina, nos relató en su pobre castellano obligada a aprender hacía ya algunos años. Aquella venerable mujer, de edad imprecisa, cuando era mucho más joven, había sido primero raptada y después violada cerca del río Napo, el que ayer habíamos abandonado, por unos hombres blancos que trabajaban en los campos petrolíferos. Su belleza salvaje le salvó la vida. La tribu persiguió a los criminales arrasando el campamento, ya que resultó que Malama era la hija del jefe, pero el "dueño" de la joven había ya huido a Quito. A partir de entonces, su máxima ilusión había sido poder regresar con los suyos. Recordaba el frío que hacía en aquel lugar lleno de "grandes chozas de piedra" y mucho ruido. Un día consiguió escapar y no recordaba cómo, seguramente la guió su propio instinto, consiguió regresar a su querida y cálida selva. Su padre ya había muerto y, gracias a la experiencia adquirida, se hizo cargo de su tribu. No había diferencias sociales por el sexo en el régimen huaorani y el poder que ella ejercía era seguido y cumplido a rajatabla por el pueblo. La decisión de Malama de ofrecernos una cabaña junto a la suya fue algo excepcional. Sólo se concedía a las visitas más importantes al poblado o que nuestro acompañante se había encargado de advertirle que con nosotros se reiría mucho y no era aquella, ocasión para perdérsela.

Poblado del Curaray

Habíamos cenado de yuca hervida con plátanos fritos y bebido, en un cuenco de barro, un líquido lechoso. Ni carne ni pescado, pero llenó nuestros estómagos. Habíamos comido con fruición y éste había sido el mejor cumplido.

La cerbatana era el arma más utilizada en el Amazonas.

Lo más chocante para nuestros ojos fue la desnudez de los abuelos y los vestidos, camisetas y pantalones cortos, de los más jóvenes. Pero había una razón: El huaorani andaba desnudo por la selva para facilitar su desplazamiento, nosotros pronto les imitaríamos, y por su parte, los jóvenes, con mayores contactos con la civilización, se sentían atraídos por la novedad del vestido.

Los huaoranis eran monógamos. Si una pareja deseaba deshacer su unión, se acudía a Malama y ésta decidía que el varón debía marcharse, la casa y los pocos utensilios siempre quedaban en manos de la esposa, ya que ella era la que tenía a los hijos.

Las mujeres cuidaban de los pequeños huertos, como parecía que hacían en todos los pueblos del planeta, donde se cultivaba yuca. Los plataneros, los papayos y mangos pertenecían a toda la comunidad. Las proteínas animales se obtenían, de la caza y la pesca exclusivamente. De esto se encargaban siempre los hombres, otro común denominador a escala universal, la más antigua división del trabajo: Hombres, guerra y caza. Mujeres, casa y agricultura.

Construyendo su hogar

Nos tocó observar cómo construían una cabaña. Al día siguiente el cabeza de familia vecino a nuestro choza decidió que la suya se había quedado pequeña; las casas eran todas iguales, cuatro estacas sosteniendo un techo de hojas de palma, sin paredes, así pasaba el fresco y se podían reir de sus vecinos, especialmente de nuestras costumbres blancas. En pocas horas y con la ayuda comunitaria, se había construido un nuevo "chalet" con vistas a los turistas. Había aprovechado las mismas estacas y había ampliado el techo con palmas nuevas trenzadas. Colgó los chinchorros, se bebió mucha cerveza de yuca, el líquido lechoso que ya habíamos probado sin encontrarle ningún sabor y a disfrutar de la vida. El menaje de cocina consistía en unas cuantas cacerolas de aluminio, la mayoría robadas a los hombres blancos que pululaban por la selva busvando riquezas, ElDorado quizás. Casi todas las barracas tenían animales atados a los soportes: monos, tucanes, loros y demás fauna menor. Era la despensa, al no disponer de fórmulas para la conservación de los alimentos, era mejor conservarlos vivos y así, sacrificarlos cuando eran necesarios. Una excelente idea, nosotros hacíamos los mismo con corderos, cerdos y terneras.

Cuando los hombres salían de caza se llevaban consigo lo único que, en realidad, poseían en propiedad, la cerbatana. Se trataba de un arma construida con dos pedazos de dura madera de chonta ahuecados para formar un tubo y pulidos hasta la casi la perfección. Las mejores cerbatanas medían hasta tres metros. Ambos pedazos de madera estaban pegados a lo largo con una negra resina vegetal y atados con finas cintas obtenidas de las lianas. Los dardos o flechas, también de madera, eran delgadas como agujas y medían unos treinta centímetros de longitud. Un poco de algodón silvestre, que los aucas adherëan con saliva al final del proyectil, y era introducido por una de las bocas de la cerbatana. Un fuerte soplido y salía el arma arrojadiza por el otro extremo. Practicamos en algunas ocasiones utilizando una papaya como blanco y bastó poco entrenamiento para descubrir la efectividad del arma.

El verdadero poder de la cerbatana se encontraba en la punta de la flecha, los aucas y casi todas las demás tribus amazónicas las impregnaban de curare, un poderoso veneno de efectos paralizantes en sus víctimas. Un pringoso líquido negro que no perdía efectividad con el tiempo. Obtenido a partir de una fórmula secreta de cada tribu.

Nuestro amigo y guia La madre de nuestro amigo y guía Los cazadores conocían la dosis exacta para paralizar la presa que buscaban. Ya habíamos visto como su despensa era viviente. Con la cerbatana los aucas se defendían y atacaban, según se dieran las circunstancias. Totalmente silenciosa y, en muchas ocasiones inadvertida. Ahora que para acabar con una vida humana se necesitaba mucho más veneno de que cabía en un sólo dardo. La caza mayor, los pecarís o jabalís americanos, caían en trampas dispuestas en la selva más que por dardos envenenados.

Nos habíamos introducido en la comunidad huaorani o auca y habíamos sido bien recibidos. Nos habían enseñado a disparar con sus cerbatanas, a tejer shiras y hamacas, a preparar trampas para cazar. Habíamos comido lo que ellos comían y habíamos dormido donde ellos dormían; y aprendimos bien la lección. Había sido nuestro primer contacto con un pueblo que la civilización entendida por el hombre blanco consideraba salvaje, y no recordábamos otro lugar en el planeta donde la gente se riera tanto. Guardamos un recuerdo de personas felices, la de los huaoranis del Curaray. Una experiencia que nos preparó para futuros contactos con otras tribus, incluëdas las urbanas y occidentales. Los huaoranis no podían ser los únicos, quizás los últimos, pero tenían que haber más.

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