El principio de todo

Abandonamos la fría y brumosa costa peruana y a un océano erróneamente bautizado el Pacífico, adentrándonos de nuevo en la espina dorsal del continente sudamericano: La gran cordillera de los Andes, que de sur a norte recorre 6.400 kilómetros desde la misma Tierra del Fuego hasta las costas del mar Caribe. Nos elevamos de nuevo a unas alturas donde el cielo era más azul y las nubes más blancas, donde reinaban el cóndor y el jaguar, donde pacía la grácil vicuña y crecía la puya y el jasí. En aquel estrecho valle, el Callejón de Huaylas le llamaban los limeños, principiaba la trocha que nos iba a llevar a una nueva pregunta sin respuesta, una nueva pregunta de las tantas que el Perú nos había formulado: Chavín de Huantar.

Al otro lado de la Cordillera Blanca La rocha que cruza la Cordillera Blanca Y de nuevo a la puna, tomamos el desvío perfectamente anunciado cerca de Catac y encaramos otro paso de montaña de más de cuatro mil metros. "Heyerdhal" y todos nosotros empezamos a notar el mal de las alturas, la falta de oxígeno, la puna en definitiva.

El pedregoso y, a su vez, polvoriento camino ascendía peligrosamente entre altas cumbres de nieves eternas que había dado nombre a aquella porción de los Andes peruanos: la Cordillera Blanca. A lo lejos, y que por su ingente mole parecía que podíamos tocarlo, destacaba el nevado Huascarán, que con sus 6.271 metros era la cima más alta de todo el país. La rarificación de la atmósfera por la creciente altura y la escasez de oxígeno consiguiente hacía del más mínimo esfuerzo un tormento insoportable, que nos afectaba tanto a nosotros como al motor de nuestro "Heyerdhal" . Unicamente el hecho de encontrarnos en el centro mismo de una naturaleza auténtica y salvaje compensaba las penalidades de un sendero que amenazaba con desaparecer detrás de cada curva. La propia experiencia nos había enseñado que era necesario, indispensable, sufrir antes de alcanzar la meta deseada y prepararnos así para apreciar y posteriormente profundizar en los conocimientos que una zona arqueológica determinada podía ofrecernos contando, de este modo, con mayores posibilidades de hallar la respuesta buscada.

El complejo de Chavin de Huantar -¡Quizás valga la pena! -comenté entre gritos para ahogar el traqueteo del motor diesel de nuestro vehículo- Chavín de Huantar suena a lugar mágico, al fin y al cabo estamos más que acostumbrados a subir y a bajar, a bajar y a subir montañas.-

-Esta noche batiremos un record -señaló Beatriz- Acamparemos a más de cuatro kilómetros de altura, a orillas del lago Querococha, veremos si el auto arranca mañana.-

Y así fue, el circo glacial nos brindó un marco perfecto para tratar de descansar antes de encarar el cercano paso y el subsiguiente descenso a la selva. Lo que nunca nos imaginamos fue el regalo inesperado del lago. El verde césped natural y el par de horas de luz que restaban ofrecían la posibilidad de un descanso antes de iniciar las tareas culinarias cotidianas. Una vez apagados los motores y acostumbrados los oídos al silencio, un chapoteo en el vecino caudal del torrente que alimentaba el lago Querococha llamó nuestra atención.

-¡No me lo puedo creer! -grité hacia mi compañera- ¿Será posible que a tanta altura sobre el nivel del mar nos encontremos con esta compañía?-

-¿Qué ocurre? -exclamó Beatriz acercándose.

¡Muy mal pescador tengo que ser para que esta noche no cenemos de truchas arcoiris a la plancha! -dije, señalando los peces que nadaban en el pequeño estanque y que se podían agarrar con la mano - ¡Qué maravilla! ¡La Naturaleza, siempre tan pródiga!-

Y fue cierto, vaya si fue cierto, la puna, con el estómago repleto de fresco pescado asado, era mucho menos puna.

En lo alto de aquel puerto de montaña cambiamos la vertiente fluvial, aquella fina aguanieve que nos recibiera quedaba para siempre dividida allá mismo. Una parte alimentaría los arroyos y los torrentes que darían nacimiento al río Marañón y posteriormente al gran Amazonas y, después de miles de kilómetros de recorrido a través de la selva virgen desconocida, llegaría al lejano océano Atlántico. En cambio, la otra, menos afortunada por el destino, al caer unos centímetros tan solo más al oeste, quedaba condenada a un pequeño y olvidado río, el Santa, que entregaba sus pocas aguas, cuando las tenía, al océano Pacífico, unas decenas de kilómetros más abajo. A medida que descendíamos, íbamos recuperando nuestras perdidas fuerzas, la flora aumentaba a cada curva y aparecieron bosques enteros de eucaliptos importados, hacia unas décadas, de la lejana Australia. Siguiendo por la ribera del río Mosna presentimos la proximidad de nuestra meta y, en un recodo del camino, distinguimos los restos de una muralla claramente obra de la mano del hombre.

El Castillo Una oxidada verja nos cerraba el paso y un enorme cartel, no menos deteriorado por el paso del tiempo, nos advertía de la tajante prohibición de efectuar cualquier clase de excavaciones sin un previo permiso del Ministerio de Cultura del Perú. Chavín de Huantar, una cultura poco menos que desconocida, un mundo olvidado. Las fechas radiocarbónicas disponibles indicaban que la historia del lugar pudo muy bien comenzar hacia el 1.800 antes de Cristo y el estudio de los tramos de los caminos incaicos, principalmente, permitía inferencias en el sentido de que el lugar estabaabandonado y sin prestigio ya en el siglo XVI. Se estimaba que fue un centro ceremonial-cultista, una especia de Roma o Jerusalem, dos o tres mil años antes de los Incas... Si bien era cierto que las pruebas en favor de que en Chavín de Huantar se originó toda la alta Estela Raimondi cultura peruana eran todavía poco consistentes. Penetramos hasta el mismo corazón de la zona arqueológica sembrada de piedras pulidas primorosamente esculpidas llamadas "estelas" , a lo que hacían honor en el propio y estricto sentido de la palabra. Por lo general se encontraban enchapando muros y con una peculiares figuras en relieve representando personajesiconográficos, en su mayor parte estilizados y de difícil identificación. A ello se sumaba el carácter híbrido de los mismos, mitad humanos, mitad animales, garras frecuentsmente confundidas por las de aves de rapiña o las de jaguar, cargados de representaciones votivas de elementos simbólicos. La estela Raimondi era, sin lugar a dudas, el más claro exponente del arte de Chavín. Entre malezas, piedras y restos de pasados aluviones del río Mosna íbamos descubriendo los edificios y los templos que testificaban el pasado esplendor del lugar y el alto grado de refinamiento cultural que habían alcanzado. Era, Chavín de Huantar, un complejo arqueológico de primer orden en todo el Perú.

La construcción más importante, que los sabios arqueólogos habían bautizado como el "Templo Tardío" y los lugareños como "El Castillo" estaba enteramente recubierto por losas de piedra y tenía una leve inclinación piramidal. Aparecían en los muros lo que habían venido llamándose "cabezas clavas" : rostros humanos, pero bestializados, unos más que otros, y la mayoría con largos colmillos felinos. Su propósito trascendió lo puramente ornamental y fueron conocidas como los "guardianes" . Aquellas cabezas clavas llevaban una prolongación, lanceta o espigaen la región occipital que servía para sujetarlas en las paredes y en las que, precisamente, entre uno y otro sillas, se acondicionaba un espacio para incrustarlas. En la fachada principal de "El Castillo" se encontraba, pésimamente restaurada, la portada, conjunto de tres enormes losas con motivos ornitomorfos, dieciseis pequeños relieves representando, según unos, cóndores, según otros, halcones; y, según terceros, águilas-arpías. Nadie se ponía de acuerdo... Únicamente en que las figuritas tenían alas y se dirigían hacia una gran figura central también con alas, hoy desaparecida. Cierto Plaza Circular que abundaban las rapaces en los cielos andinos, pero el fuerte simbolismo de aquellos exquisitos artistas nos obligaba a pensar que las aves allí representadas tenían otro significado: el poderde vencer a la gravedad del planeta y remontarse en el espacio. Las cabezas clavas simbolizando la esclavitud de una perenne vigilancia de unos tesoros inexistentes, estelas esculpidas con seres mitológicos destilando un poder feroz miles de años después de desaparecer y aquellos "seres voladores" , nos confirmaron que nuevamente habíamos llegado a otro lugar que era cuna de polémicas entre los más prestigiosos arqueólogos. Un misterio másen el país de los misterios. ¿ Por qué allí precisamente ? ¿ Por qué aquellos paralelismos con zonas arqueológicas tan alejadas entre sí como Tiahuanaco, en Bolivia, y Monte Albán, en México ?. No nos cabía ya ninguna duda, todas aquellas civilizaciones debieron entrar en contacto de una forma u otra. Pero no de un modo esporádico, sino constantemente.

Había llegado el momento de hacer balance. Los nuevos conocimientos adquiridos in situ y los que los sabios nos habían legado en sus rancios manuales de arqueología nos habían hecho comprender un poco más cómo se había desarrollado la vida hacía tres mil años en el valle del río Mosna. Un granito más de arena y un puntito más sobre el mapa cultural del remoto pasado de los auténticos americanos. Habíamos tenido la oportunidad de visitar un yacimiento arqueológico poco conocido, disponiendo para ello del tiempo preciso. Nos habíamos permitido, incluso, formular nuestras propias hipótesis sobre el lugar. Nos sentimos un poquito más cultos y más convencidos de que por el conocimiento del pasado llegaríamos a comprender, algún día, al ser humano. Habíamos aprendido un poco más de los errores absurdamente repetidos... ¡ Había valido la pena el viaje !

Nos prometimos volver a acampar a orillas del lago Querococha a pesar de disponer de más tiempo para descender a climas más hospitalarios en el Callejón de Huaylas. La promesa de repetir la cena de truchas no era precisamente para echarle ascos. La verdad era que el empacho de rancias piedras de la jornada bien merecía un nuevo banquete. Las oportunidades había que aprovecharlas cuando aparecían.

Indice Europeo Indice Asiático Indice Africano Indice Norteamericano Indice Sudamericano Indice Australiano & Pacífico

Regresa a la Portada

Hecho por © Antoni Ramón Bover (2001)