El Camino del IncaDel Cusco a Macchu Pijchu
Por la antigua rutaJamás hollada por los hispanos

El Gran Imperio de los Incas
Ocupando la mayor parte de...
la Cordillera de los Andes
Un trago de chicha

El tren turista que cubría el trayecto del Cusco a Macchu Pijchu costaba tres veces más que el otro. Algo más destartalado, iba por la misma ruta y haciendo múltiples paradas, y al que llamaban “tren indígena”. Aquel último era el que debíamos tomar si deseábamos descender en Koriwayracchina, a fin de continuar a pié hacia las famosas ruinas por el legendario Camino del Inca.

Unicamente caminantes entrenados, con fuertes piernas y corazón sano, lograban cubrir en tan sólo tres días, los 35 kilómetros que separaban a Koriwayracchina del último enclave incaico. El terreno era difícil, abrupto, rocoso y los entusiastas debían de esforzarse doblemente a causa de la altura sobre el nivel del mar.

Frente a la majestuosa presencia de las montañas y las diversas ruinas del desaparecido Imperio Inca, dispersas a lo largo del camino, se apreciaba cuán difícil les fue a los conquistadores españoles dar con las fortalezas del Alto Perú.

Eran las cinco de la mañana en el Cusco. La gente del pueblo se arremolinaba en la estación para conseguir un lugar en los pequeños vagones. Había más gente que espacio y de la antigua capital del Perú hasta llegar a nuestro destino, todos permanecimos prácticamente en la mismo posición en la que habíamos partido. Un constante trasiego reinaba en el vagón, vendedoras de pan, tamales, frituras y la carne asada de un cerdo entero, corría de arriba a abajo por el tren. Cuatro horas después llegamos al kilómetro 88 y, en los breves segundos en que el ferrocarril se detuvo, todo aquel que deseaba recorrer el Camino del Inca tuvo que lanzarse por las estrechas ventanillas, equipajes incluidos, y aterrizar como se podía entre las piedras de las vías y el caudaloso río Urubamba que corría unos metros más abajo y que nos había acompañado una vez habíamos salido del valle del Cusco. En ordenada fila, los siete expedicionarios, caminantes más bien, nos dispusimos a cruzar el río por su parte más angosta, colgados sobre una minúscula plataforma suspendida, a su vez, de un frágil cable.

Bien, sobrevivimos y media hora después de marcha penosa y lenta, divisamos las primeras ruinas incaicas. Las enormes terrazas de cultivo de Llactapata se apreciaban con nitidez a medida que el sendero se iba empinando. La escasez de oxígeno debido a la altura que íbamos ganando nos fatigaba cada vez más y tuvimos que recurrir al remedio indígena. Masticábamos algunas hojas de coca mezcladas con cal para engañar a nuestro organismo y poder continuar la marcha.

Llegando a El Alto y segundo campamento del ... Camino del Inca

Descendimos al río Llulluchayoc por una ladera rocosa. Lo atravesamos por un puente hecho de troncos atados con lianas y seguimos hacia Huayllabamba, el único pueblo que íbamos a encontrar durante los próximos tres días. Si a diez casas de adobe cubiertas de techo de paja y herméticamente cerradas podían llamarse pueblo, sin presencia humana alguna, sólo logramos divisar a una pareja de burros que pastaban tranquilamente sobre una terraza. En aquel lugar comenzaba el ascenso hacia El Paso, a 4.200 metros de altura, y requerimos dos largas jornadas para coronarlo.
Entre selvas y ...
y altas cimas
Pasamos la primera noche en el refugio natural que nos proporcionó el mismo río Llulluchayoc. Las montañas que nos rodeaban se cubrieron de una espesa niebla tan pronto cayó la tarde y una buena sopa caliente nos desentumeció los fatigados músculos y nos ayudó a soportar el intenso frío de aquella noche. Era nuestra primera larga marcha y habíamos elegido una de las más difíciles.

La segunda etapa iba a resultar la más dura de todo el trayecto. Desde muy temprana hora divisamos El Paso, pero no lo alcanzamos hasta el mediodía. Ante nuestros ojos se extendían enormes páramos y laderas boscosas donde corrían arroyos de agua helada y cristalina. Ibamos arrastrando los pies con un angustioso deseo de llegar, cuanto antes, al punto más elevado de todo el recorrido. Algunas extrañas plantas servían de almuerzo a un par de vacas peludas que pastaban en el fondo de un pequeño valle glaciar. Todavía no habíamos visto ninguna llama, alpaca o vicuña, los más típicos camélidos de Sudamérica.

Envoltorios de caramelos y de coramina dejados en el camino por anteriores marchantes indicaban la presencia de los civilizados y descuidados hombres blancos. El frío iba en aumento y se hizo necesario ponerse los chullos, los gorros de lana de alpaca tan típicos del Altiplano boliviano-peruano, a pesar del fuerte sol. Y en la cúspide, era tal la alegría que nos embargaba, que festejamos la llegada con una enorme barra de chocolate que devoramos con fruición. Nos hallábamos por encima del paisaje. A lo lejos se alzaban montañas imponentes. Ahora nos tocaba descender por un buen trecho, hecho que no nos alegraba, había empezado a lloviznar y el camino se iba haciendo intransitable para los que no llevábamos botas altas para caminar.

Los Incas construyeron sus fortalezas y torreones de vigía en los lugares más estratégicos del Altiplano. Las situaban en salientes de las montañas para protegerlos de los presuntos ataques y para hacerlos invisibles desde los valles.
El siguiente campamento ...
en Phuyupatamarca
Un antiguo palacio
Runkuraqay fue el primero de aquellas torres que encontramos. Cuando llegamos a su base, la lluvia había arreciado y el punzante frío nocturno hacía acto de presencia. Unos decididos montañeros que habían llegado antes de nosotros, se habían apropiado de unas pequeñas cabañas construidas con largas hierbas por pastores o viajeros anteriores. Multitud de pequeños parásitos como pulgas, piojos y garrapatas también habían encontrado refugio en el mismo lugar. La elección era clara o nos empapábamos o nos rascábamos toda la noche. Elegimos una pequeña plazoleta en mitad de las ruinas, un fortín de dimensiones limitadas que empezaba a hacer agua por los cuatro costados. Era, de todas formas, un buen lugar donde colocar el hornillo y hacer la primera y única comida caliente del día: Arroz blanco, tomate y salchichas de lata. Galletas y un chocolate caliente sirvió de postre. Todo fue devorado con avidez, las cimas más altas de todo el Camino del Inca habían sido conquistadas en un mismo día, el resto del viaje se nos antojaba un paseo. Podíamos dormir tranquilos.

A partir de aquel punto el camino estaba empedrado y, en su preciso recorrido de montaña en montaña, el terreno a veces lo convertí en una escalera esculpida en la roca granítica. Para llegar a Sayacmarca, un palacio en forma de herradura, tuvimos que ascender por noventa peldaños.
Atravesando montañas
bajando a valles escondidos
En nuestro mapa de ruta se indicaba que, medio kilómetro más abajo, el camino atravesaba un túnel bastante largo. Perforado por los Incas, aquel era el único paso entre dos cumbres, y estaba presidido por enormes abismos, en los que en el fondo se distinguían bosques cerrados y húmedos. Musgos y líquenes verdes y rojos, blancos y amarillos crecían a ras del suelo. Arboles cargados de lianas caprichosas rozaban nuestras cabezas. Parecía un bosque encantado y si no hubiera sido por la falta de espacio, allí mismo hubiéramos plantado nuestra tienda de acampar y dar por finalizada la jornada.

Al llegar a Phuyupatamarca, nos impresionó contemplar al mismo río Urubamba que hacía un par de días habíamos cruzado, a más de 1.500 metros por debajo de nuestros pies.
Intihuatana Corazón sagrado Ultimo campamento
Y allí pudimos descansar y limpiar el barro de nuestros cuerpos en los baños incas, un placer reservado sólo a los dioses de los Andes.

Phuyupatamarca había sido una grandiosa ciudad, rodeada de innumerables terrazas o andenerías que se conservaban en perfecto estado. Estaba situada en la cúspide de una elevada montaña y daba la impresión de que los incas habían aplanado su cima para poder construir sus casas. Alrededor de la urbe, las terrazas producían el maíz esencial para la alimentación de los ciudadanos. De ahí en adelante, el camino era sólo de descenso. Decidimos pasar una noche extra en Wiñayhuayna. Desde lejos escuchamos el silbato del tren que recogía a los turistas en Macchu Pijchu para llevarlos de regreso al Cusco. Todos sentimos la necesidad de llegar cuantos antes al final del viaje, y Wiñayhuayna estaba a tan sólo dos horas de nuestro objetivo. Pero lo que parecía un descenso rápido y cómodo pronto se convirtió en una auténtica pesadilla. El desnivel del monte era tan pronunciado, que continuamente teníamos que frenar con nuestras piernas, para evitar caer ladera abajo hasta lo más profundo del abismo. El camino, allí estaba extremadamente seco y nubes de polvo nos cubrían de gris y nos cegaban la vista además de resecarnos la garganta. Nos temblaban las piernas y el cerebro ya era incapaz de sujetar a unos pies que se deslizaban sin control. La pesadilla duró dos horas que nos parecieron dos siglos. Pero llegamos, justo al anochecer, a una de las ruinas más bellas de todo el trayecto: Wiñayhuayna. Colocamos nuestra tienda en el templo circular de las siete ventanas. Metros más abajo se elevaba el grupo habitacional, en excelente estado de conservación. Al fondo, el río Urubamba se veía más nítidamente y, en una de sus márgenes, se distinguían claramente, las vías del ferrocarril.

El Perú no acaba en el ...
Macchu Pijchu
A la mañana siguiente, nos despertó el ruido del nutrido grupo de turistas que habían pernoctado en el único hotel existente en Macchu Pijchu. Realmente estábamos muy cerca de las ruinas más famosas de los antiguos Hijos del Sol y, quizás, de toda América del Sur, pero la tranquilidad y el deseo de reposar nos detuvieron. Hacía mucho calor y aprovechamos la existencia de una fuente inca para refrescarnos y preparar el asalto final del viaje. La mochila estaba ya semivacía y esta disminución se peso era un alivio, aunque no para el estómago. El mapa de ruta nos indicaba que nos hallábamos en Intipuncu, La Puerta del Sol; en los tiempos de gloria de Macchu Pijchu, la entrada oficial al centro sagrado. El camino estaba sustentado por muros de piedra típicamente incas llenos de musgo. Habíamos perdido la noción del tiempo y a la vuelta de un recodo, una escalera, esculpida en la roca, de cien peldaños, que nos parecieron infinitos, nos hizo presagiar el momento tan esperado. A gatas, la subimos. No era una forma muy digna de llegar a Intipuncu pero, una vez allí arriba, la vista se regaló con el paisaje más suntuoso de todo el camino: Un Macchu Pijchu al atardecer mostrando todo su esplendor. A las seis y media de la siguiente mañana ya estábamos en la ciudad prohibida. Entramos al mismo tiempo que los obreros encargados de su restauración. El día estaba limpio y un sol tibio reforzaba la monumentalidad de las edificaciones de piedra. Nadie rompía el silencio. Aquella magia de sentirse uno prácticamente solitario en medio de tanta grandeza. Respetábamos un mundo, hasta ahora desconocido, con la misma reverencia que los desaparecidos sacerdotes y vírgenes que, en un tiempo, poblaron este lugar. El hechizo se rompió un par de horas más tarde, miles de turistas entraron a tropel en las ruinas. Oímos los gritos de admiración en decenas de idiomas, más interesados en poder contar que ellos también estuvieron allí más que en conocer los misterios de aquel singular pueblo.

Fue entonces cuando salimos de Macchu Pijchu. El viaje había terminado, de momento. Ahora era necesario conocer la fuente de toda la cultura andina y eso se encontraba en ...

Chavin de Huantar


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